Mi profesor particular de piano tenía una paciencia infinita para conmigo. La tarde que llegó parecía airado por alguna secreta causa, como si algo o alguien le hubiese hecho perder los nervios poco antes de salir rumbo a nuestra casa, o como si, dándose cuenta de lo tarde que era, hubiese saltado de tranvía en tranvía hasta llegar.
Yo llevaba entonces los cabellos lacios y un lazo blanco muy grande. También llevaba un vestido blanco con ribetes oscuros y zapatos claros que armonizaban, no ya con el vestido y el lazo, sinó con los tonos pastel y oscuro de la casa. Era algo así como un diseño de familia, sin querer hacer con ello burla, pero por aquel entonces los señores de las casas dedicaban a la “armonía” gran parte de sus fines de semana. Las columnas, las paredes y los muebles eran halagados por las visitas y ciertos artistas de paso por la ciudad venían a visitar nuestro salón de estar, decorado por un ilustre artista catalán.
Mi profesor de música se daba cuenta de la vena artística que yo poseía para la poesía hecha sonido y para la escultura, sin embargo a él no le hacía ninguna gracia que en medio de la clase apareciese un criado para advertirme que mi profesor de escultura ya había llegado, y que estaba disponiendo el torno para nuestras labores de cerámica.
Era entonces cuando mi profesor de música se ponía de la misma manera que la primera vez que lo conocí: su rostro se tornaba lívido primero, escondiendo un enfado terrible; acto seguido sus labios se tornaban casi en una línea fina y delgada, mientras que sus ojos se me aparecían a medio cerrar. En cuanto el criado abría la puerta yo ya me daba la vuelta para observar su rostro y seguir el curso de aquella serie de reprimidos enfados que salían por sus silencios. Aquello me divertía mucho. Entonces yo hacía como que el criado me había quebrado completamente en el ritmo de la melodía que estaba tocando, y dejaba mis manos de golpe sobre el teclado. Eso enfurecía más a mi profesor. En realidad no era yo quien le molestaba. Lo enfurecía más el hecho de darse cuenta de que su alumna también estaba contrariada. Pero yo no lo estaba ni un ápice.
Entonces sus manos se acercaban a las mías, cubriéndolas con mucha ternura y me decía en tono grave: “No te preocupes, niña. A ver si la próxima vez no nos asusta tanto este señor criado tuyo.”
Yo entonces intentaba mover mis manos bajo las suyas, mostrando nerviosismo y él las calmaba de nuevo y poco a poco aquel gesto se convertía en una caricia, en cierto modo fuerte y varonil. Y por ello, a partir de entonces, el criado siempre abría la puerta de improviso en las tardes de clase de piano.
Por supuesto: a petición secreta mía.
Archivo de Septiembre 2008
Mi Profesor de Piano
Publicado por La Esposa del Gobernador en Septiembre 30, 2008
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El Mentor
Publicado por La Esposa del Gobernador en Septiembre 27, 2008
El era su mentor. Venía cada semana para cerciorarse que no le faltase nada. Tomaba en sus manos los libros que ella había dejado desperdigados sobre la mesa junto al gran ventanal. Miraba por encima las notas escritas a mano, en los márgenes de los textos. Repasaba las direcciones de los remitentes que, con caligrafías de los más diversos estilos, aparecían en sobres grandes y pequeños, abiertos y sin abrir, azules, con y sin lazos, unos todavía lacrados y otros medio rotos por el afán que ella tomaba en abrirlos, sin esperar a encontrar dónde había dejado el olvidado cortaplumas.
Después de esto se acercaba al armario donde dos puertas de cristal protegían más libros y cuadernos, cajas llenas de recuerdos, pequeñas estatuas que había ido comprándole cada vez que visitaban una ciudad diferente. Sobre las paredes ya no estaban las litografías prerafaelitas. En su lugar se percibía la desnudez pálida que a ella tanto le ayudaba a concentrarse para estudiar. Sobre la silla había un libro de Pirandello. Lo tomó y recordó habérselo comprado durante su último viaje a Florencia. Tantas cosas recordaba de este y de otros tantos viajes en los que su único deseo era complacerla y hacerle vivir una vida mejor, después de haberla encontrado en los suburbios de París sin apenas abrigo un veinticuatro de Diciembre, cuando se dirigía a su residencia tras haber visitado a un niño enfermo.
La vió sentada en una esquina, tiritando de frío. Y el hecho de ver su rostro entumecido por la inclemente noche invernal le infundió tales deseos de brindarle su ayuda que, sin pensárselo dos veces, le ofreció comida y cama hasta el día en que -según sus propias palabras- sus ojos volvieran a sonreir.
Mucho tiempo había pasado después de aquel inesperado encuentro. Se convirtió en su mentor. No quería que volviera a aquella casa que a veces visitaba de lejos, con personas que ni tan siquiera eran sus padres y que la hacían mendigar, junto con otros niños. Quería que se convirtiera en alguien fructífero, en alguien preparado, en una persona digna de sí misma.
Se la llevó a cuantos países tuvo que visitar por motivos de trabajo. Conferencias, seminarios, encuentros entre científicos. Se la llevaba siempre consigo, y así se convirtió sin darse cuenta en un padre, en un mentor, amigo y, al tiempo que pasaban los años, en enamorado también.
Ella, por su parte, se dedicaba a sus estudios con mucha fruición. Demostró su agradecimiento ante tanta dedicación y apoyo con lo mejor que pudo ofrecer de sí misma. No se saltaba ninguna clase, a menos que tuviese que viajar, y los fines de semana se quedaba en casa, leyéndole a él obras clásicas, acompañándole a sus reuniones los jueves a las siete, jugando al ajedrez los domingos por la tarde, yendo al cine con él los sábados, si llovía.
Le recitaba versos en latín y en griego, mientras él la escuchaba, sentado en su sofá, con su pipa y el periódico en sus manos, que apenas miraba cada vez que ella, con su voz intensa, le enfervorizaba llegando a hacerle sentir una pasión viva, que no podía llegar a controlar. Entonces él se convertía en un niño feliz, entusiasmado, y la miraba con ojos de admiración sin límites.
Aquella tarde, como tantas tardes, María le abrió la puerta. Ella estaba ausente. Eso ocurría muy a menudo últimente. Se preguntaba si estaría todavía en la facultad. O si se encontraba en aquel mismo momento en los brazos de un estudiante de aquellos que le enviaban cartas lacradas o sin lacrar…
Muy a su pesar, no podía evitar sentir una espina en el corazón cada vez que entraba en aquel estudio y lo veía vacío. Surgían en él cien dudas, se veía a sí mismo como uno más de aquellos estudiantes, un estudiante celoso que nunca antes había estado enamorado.
En realidad él nunca antes lo estuvo. Pero eso tardó en reconocerlo.
En un rincón de la mesa había una carta doblada y, sin pensárselo, la tomó entre sus dedos que, muy a su pesar, temblaban, lo que le dió deseos de burlarse de sí mismo.
Apenas terminó de leerla sintió que le hervía la sangre, que se le subía a la cabeza y le bajaba al corazón, alternadamente. Se fué directo al ventanal y lo abrió. Necesitaba respirar después de lo que acababa de leer.
No podía ser posible que su idolatrada niña tuviese deseos de irse un año por América. ¿Cómo podía ocurrírsele siquiera esa idea? Irse con Hervé Lesmoines. ¿Quién era Hervé Lesmoines? ¿Un estudiante? ¿Un profesor? La nota había sido escrita rápidamente, como si fuese simplemente un esbozo de una larga carta, bien pensada y madurada antes de ser enviada.
Repiró fuertemente. Estaba furioso. No sentía que ella era una desagradecida al ignorar todos los años que él le había dedicado. Sentía que era una desagradecida por dejarle, por separarse de él, por dejarlo a un lado para irse con otro. Se daba cuenta, cuanto más pensaba, que más se enfurecía, y que más le dolía ver claramente lo que representaba ella para él. Ya no podía ocultárselo más a sí mismo. La amaba con todas sus fuerzas, con todo su corazón. Amaba a aquella mujer a quien una vez encontró en la calle tiritando de frío cuando tan sólo era una niña.
Se oyó una voz. Era María. Oyó después la voz de ella, y luego un bisbiseo que le puso nervioso. Aguardó a que ella entrase, la esperó con toda la serenidad que le fué posible.
Y luego ella abrió la puerta y entró.
Al verle esbozó cierta sonrisa que a él le pareció fuera de lugar, de acuerdo a lo que acababa de leer en aquel pedazo de papel.
No te esperaba. Dijiste que vendrías mañana. Y acto seguido miró rápidamente al lugar donde estaba la nota. Y luego lo miró a él de nuevo. El se acercó y la ayudó a desprenderse de su abrigo. Al notarla tan cerca percibió los efluvios de un aroma de rosas mezclado con cientos de otros aromas, aromas de la calle, del café, de lugares por donde ella había estado. Mientras tomaba su abrigo respiró el vapor de sus cabellos y sintió que su alma enardecía, que su corazón latía con más fuerza, que su voz interior tenía más y más deseos de hablar, gritar a voces la verdad que siempre silenciaba.
¿Has estado en un café?
Si. ¿Cómo lo sabes?, preguntó con sorpresa, esbozando otra de sus sonrisas.
Tus cabellos. Huelen a café y a rosas.
Ah. Sí, estuve en un café.
Silencio.
¿Te gustaría ir de vacaciones después de los exámenes de la semana que viene? Podríamos ir a donde tu quisieras. Puedo disponer de dos semanas libres. A donde tu quieras.
Pues…me gustaría, si. Me gustaría mucho. Pero tengo que pensarlo.
Y eso, ¿por qué? ¿Preferirías quedarte aquí?
No, no es eso.
¿Entonces…? ¿Qué ocurre, mi niña?
Se acercó a ella y le miró los ojos. Ella los bajó.
Me gustaría irme un tiempo. Pero sola.
¿Sola? ¿Adónde, y … por qué sola? ¿Es que ya no soy un buen acompañante? Me estoy haciendo viejo, lo sé. Pero aún así creo que no te aburres conmigo. Si es así, dímelo, por favor. No quiero que me ocultes esas cosas.
Bueno, sola no. En realidad me iría con un amigo. A América.
¿América? ¿Y quien es ese amigo? ¿Un estudiante?
No, es un pintor
Un estudiante pintor.
No. No estudia. Sólo pinta.
Sentía que cada segundo le sería más difícil hacerle preguntas. Notaba que cada vez tenía menos aliento para preguntar, que en cualquier momento se le quebraría la voz, y quien sabe si hasta le saltarían lágrimas sin poderlo evitar.
Por eso, optó por callar. Se quedó en silencio. Y ella se le acercó.
Sólo serían unos meses. Te lo prometo.
Unos meses…. Eso puede ser un año. Dos años son veinticuatro meses. Unos meses… en fin, no puedo impedírtelo pero sí puedo rogarte que no vayas. No podría resistirlo.
Y… ¿por qué no? Al fin y al cabo todas las estudiantes que conozco van a algún lugar, y yo quiero ir a América.
Pero…
Se acercó más aún a ella. Sabía que más tarde o más temprano acabaría diciéndole algo de lo que se podría arrepentir. No quería que ella supiera que sus sentimientos se habían transformado, sobretodo últimamente. No quería. No lo podía permitir.
Ella miraba a través de la ventana. Así permanecieron en silencio unos segundos que parecían horas para ambos. Al final ella se acercó y le espetó:
¡Es que tú siempre quieres que yo sea tu niña, eso es imposible, ya es imposible¡
La miró, y se dió cuenta de cuánta razón tenía. Se había hecho una mujer hermosísima. Tan hermosa que cuando paseaban le daban deseos de estrecharla en sus brazos, pedirle perdón y acto seguido sellar sus labios con los suyos para luego desaparecer para siempre. Tenía deseos de ir a verla cada mañana y llevarle el desayuno, vestirla, perfumarla, como un esclavo a una diosa. Sentía deseos de enfrentarse con las miradas que la cruzaban cuando iban y venían de sus tardes en el teatro, el cine, el círculo de amigos científicos. Le daban ganas de bajarse repentinamente a sus pies, en medio de la calle, y besarlos, aquellos pies que con dulzura él había cuidado desde el principio. Le mortificaban los hombres que le decían piropos a ella, cuando pensaban que ambos se desconocían mutuamente y que simplemente miraban a la vez una vitrina en la calle, como por casualidad. Pero se sentía lleno de placer cuando la tomaba por el brazo y los transeúntes creían que estaban casados. El con una joven hermosa y apasionada, ella con un hombre elegante entrado en años. Así les trataban en los restaurantes, en las cafeterías, en los salones de té. Los camareros pensaban que la diferencia de edad se debía a una simple casualidad. Otros miraban con insistencia a la joven y se preguntaban cuánto dinero tendría él en el banco. Así eran las opiniones que se reflejaban en los ojos de hombres y mujeres…
Ella le cortó de tales pensamientos al decir:
¿No me contestas? Soy tu niña todavía, ¿verdad?
Entonces él, súbitamente, dejandose llevar por lo que sentía y que no podía ocultar ya más la tomó en sus brazos con fuerza y le dijo:
Eras mi niña. Si, es cierto. Ahora eres también mi amor.
Y bajó la mirada avergonzado.
Ella respiró hondo y exhaló un suspiro de triunfo, como si al fin se hubiese cumplido un deseo que desde hacía mucho había estado anhelando, como si hubiese estado esperando noches enteras hasta poder ver una sola estrella, nada más que una, en una cielo cubierto eternamente de nubes opacas, densas, sin moverse durante mucho tiempo.
Exhaló y se lo quedó mirando, le miraba los ojos y luego los labios, y otra vez los ojos y los labios, alternativamente. El hacía lo mismo, sin pensar, absorbido en aquel momento eterno, donde uno se da cuenta de una verdad que antes desconocía, un descubrimiento que presentía y que, al verlo realidad, se queda hipnotizado, sintiendo que la vida da vueltas en sentido contrario a las agujas de un reloj.
Se acerco más a ella, rodeó su cabeza con su mano derecha, la acercó más y más hasta que la besó apasionadamente, con fuerza, con una fuerza repentina, que no cesaba.
Ella cerró los ojos. Era completamente feliz, sintiendo aquellos labios que la besaban y que habían finalmente sucumbido al efecto de los celos. Pensó en la nota. Pensó en las noches que había pasado en vela pensando. Pensando en cómo hacerle reaccionar, en cómo hacerle tomar una decisión. Pensó en redactar una nota. Estuvo pensando dos noches qué nombre escribrir. Finalmente le pareció que Hervé sería apropiado. Suena dulce pero también serio, pensó.
Y la nota surtió el efecto esperado.
Pues ella, tal y como a él le había sucedido, no sabía como hacérselo saber. No sabía cómo decirle que en su corazón hacía ya mucho tiempo que había dejado de llamarle padre y que de noche besaba la almohada llamándole en un grito silencioso, ahogado por lágrimas de mujer enamorada.
Ahora se encuentran en América, pasando su tercera luna de miel.
Creo que hoy deben estar en Río, aunque quizás todavía no hayan salido de Baltimore.
Yo creo que no deberían perderse una visita a Yucatán….
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Pérdidas y Devastaciones
Publicado por La Esposa del Gobernador en Septiembre 25, 2008
Mi maridito cornudo me ha notificado que tras sus dos viajes desde la costa del Pacífico hacia Asia, viaje que ha durado día y medio, se ha encontrado con la noticia desoladora de la anegación total del barco con sus cuatro motores. Las pérdidas ascienden a unos $100.000. En cuanto he sabido tal noticia, me he dispuesto a hacerle llegar las mías: en primer lugar, nada de depresión. En segundo lugar, la compañía aseguradora cubre buena parte de los costos ocasionados por tal pérdida (inundaciones, la época monzónica más terrible en tres décadas).
Pero acto seguido le he puesto al tanto de sus tareas y de su liberación sexual (momentánea) que tendrá lugar el próximo domingo.
Y, para finalizar, he comentado con una amiga, lo que me acababa de decir. Y no he podido evitar sonreir ante tanta pérdida.
En realidad, él nunca debería dejar de pensar en las terribles consecuencias que tiene ese capricho suyo puesto en un lugar tan propenso a lluvias torrenciales.
Saldrá de esta, pero aprenderá su lección. Y si no, que no haber dejado el precioso barco a la buena de Dios.
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TU MIRADA
Publicado por La Esposa del Gobernador en Septiembre 25, 2008
De un amigo en alt.: J.B.
Gracias.
TU MIRADA
Ojos de cristal, mirada de diamante
Te siento en mí
Sentimiento, frenesí
Sabiendo que estás distante
Dulce mirada, ojos desafiantes
Qué se esconde en ti
Que de tu mano percibí
Bellas historias, relatos ardientes
Ojos que miran, mirada ante la mente
Más, que te puedo decir
De la vida ni del sentir
Sin haber podido ser tu amante
Ojos de deseo, mirada de pasión
Son los que desearía
Por los que viviría y moriría
Si consiguiera aflorar de tu corazón.
J.B.
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Protegido: Comentario
Publicado por La Esposa del Gobernador en Septiembre 25, 2008
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Viaje en tren con sorpresa
Publicado por La Esposa del Gobernador en Septiembre 25, 2008
Charlando sobre viajes con un amigo, me vino esta tarde el recuerdo de un episodio bastante divertido que me ocurrió durante uno de ellos. El lugar: un tren, bastante antiguo, por cierto, de fabricación española, que guarda el encanto de los trenes de antaño, aquellos en los que cuando era niña me gustaba tanto viajar. Con sus compartimentos, sus respaldos, la ventanilla y debajo el cenicero. Las láminas de madera gruesa barnizada que hacían de paredes. En un tren de estas características estaba yo una mañana cuando mi acompañante y yo decidimos irnos a al departamento de comedor. Se trataba de unas hileras de asientos dobles con sus respectivas tablas adosadas sobre el respaldo del asiento delantero. El destino: un lugar frente al Egeo.
No es que el tren fuese de lujo. Simplente era antiguo. Recuerdo que escribí una nota en mi cuaderno de viaje: Si no fuera porque estamos en el 200…, diría que por aquí cerca está sentada Agatha Christie.
Un camarero con pajarita nos dejó la carta, y a mí me gustó la idea de probar algo nuevo, y no el típico menú continental. No recuerdo bien qué es lo que pedí, pero lo que recuerdo claramente y todavía me sonrío cuando evoco la escena, es el camarero que nos sirvió. Se trataba de un hombre de unos cincuenta años, un poco regordete y con una sonrisa sempiterna. Se acercó para darnos los cubiertos. Pero con tan mala suerte que a mí se me cayó la cuchara al suelo. El, muy dispuesto, me ofreció una de sus sonrisas, amplia, magnífica, feliz, en una palabra. Se arrodilló, buscó la cuchara, se levantó, me pidió disculpas, dio media vuelta y volvió con otra, mas grande, pero aceptable. Al darmela me di cuenta de que no la soltaba completamente en mi mano, y lo miré, y entonces me di cuenta de que lo que el hombre quería era que, una vez más, viese su sonrisa de labios cerrados, pero de oreja a oreja, y unos ojos que escondían algún secreto..
Mientras me deleitaba con los platos que nos habían servido, comentaba con mi acompañante lo que el instinto me estaba diciendo acerca del camarero que nos había servido. Le dije que estaba segura de que era un hombre sumiso, y que le daba mucho placer rebajarse ante una fémina. Mi acompañante sonrió y me dijo que quizás estaría en lo cierto. ¿Quizás?, le dije yo. Te voy a demostrar que es cierto. Ya verás. Me asomé y con una seña le volví a llamar. Le dije que necesitaba un cuchillo para cortar el panecillo redondo, aunque él vió que ya tenía el mío. Pero sonrió, dio la vuelta y esperé. Mi acompañante me preguntaba qué es lo que haría yo. Le dije, ya verás, ten paciencia y vas a comprender.
Al venir, el camarero parecía muy feliz de servirme; caminaba como si fuese a recoger un premio o algo así. Al darme el cuchillo, yo, deliberadamente, claramente, y para que sin ninguna duda él se diese cuenta, tomé el cuchillo y acto seguido lo dejé caer al suelo. El me miró, se sonrió, se agachó, recogió el cuchillo, y me pidió perdón, añadiendo que volvería enseguida con otro limpio. Así que, cuando volvió, repetí lo mismo. Mi acompañante me toco el pié con el suyo, como diciendo, cuidado! se va a cabrear, seguro!
Sin embargo, el hombre, esta vez me miró con un rostro que denotaba PLACER. Exactamente como si le estuviese acariciando, como si todo él estuviese envuelto en una dulce sensación de felicidad maravillosa. Sus ojos me decían: oh, cuanto me gustas, que feliz me estás haciendo. Despacio, lentamente, se volvió a agachar y mientras recogía, ya por tercera vez un cubierto por mi causa, lo veía al lado mío, a cuatro patas, como un perro y entonces fui yo la que sentí placer a mi vez. Al levantarse me pidió perdón y se fue, para volver con un cubierto nuevo. Esta vez lo tomé en mis manos, y le miré. Su rostro, con esa sonrisa de cordero bueno, me hizo muy feliz, pues a pesar de portarme como una malcridada, el hombre, tan paciente, se sentía a sus anchas. A veces, tras el postre, volvía para preguntar si no deseaba nada más. No, contesaba yo secamente, como si de repente me hubiese hartado de verlo. Y él, sonreía, sonreía……
Cuando estábamos llegando a nuestro destino, vi que se quedaba parado junto a una de las puertas. Al llegar al final del trayecto, se acercó y me pidió en un ingles bastante aceptable si le permitiría tomar mi maleta. Mi acompañante se puso un poco cortante con él y le dijo que no era necesario. Pero yo, sonriendo y sintiendo gran placer emocional le dije “no, déjalo así, deja que el hombre me lleve la maleta.” Así lo hizo, cargándola en sus hombros, pues había mucha gente en aquel tren. Y al bajarla y dejármela en mis manos, mi miró, me hizo una reverencia, y notaba que su rostro estaba lleno de gotas de sudor. Esto todavía me excitó más. Yo, le miré y me di la vuelta, siguiendo mi camino con mi acompañante. Nos paramos un momento para consultar la nota con el nombre del hotel, me giré y allí estaba todavía, mirando. Tomé la mano de mi acompañante y nos fuimos tranquilamente, mientras por dentro notaba que el fuego me devoraba.
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EL CORNUDO EN LITERATURA. PARTE I
Publicado por La Esposa del Gobernador en Septiembre 21, 2008
El cornudo en literatura, parte I:
Un cornudo es una pieza de joyería. Hay que saber mantenerlo a nuestro lado, darle brillo para que piense que juega un papel importante en nuestra felicidad. De una gran manera, así es, sin embargo la mejor forma de cuidar esta joya es putearla tantas veces como nos sea posible, ya sea en mente o en hechos. Su reacción será la antítesis de los “sexualmente, sensualmente” maridos correctos. Basta dejar la puerta abierta de nuestra habitación cuando él llegue a casa, dejando salir por ella gemidos de gozo o risas que rayan en el deseo más sexual, para que nuestro hombre comience a sentir cuánto vale la pena esta vida si a cambio se tiene una mujer que es capaz de ser la mujer de todos sin por ello sentirse culpable en lo más mínimo. Este hombre cornudo comenzará a excitarse nada más cruzar el umbral de la casa, y todo cobrará sentido para él; las horas pasadas en esa triste, tediosa, o estresante oficina, servirán de motor para una alegría amparada en la maledicencia de una consorte sin ningún ápice de moral, aunque para ella, todo está permitido, puesto que él todo se lo permite.
Un marido cornudo entrará despacio, saboreando cada paso que le acerca a la esposa infiel. Se dará cuenta de que posee una joya de valor incalculable (sin darse cuenta de que la verdadera joya es él), se frotará las manos temblorosas al imaginar el cuadro que se le va a presentar una vez descubra con quien (o con quienes) se halla su mujer retozando. Tal descubrimiento le llenará de gozo, le hará sentir que no es nadie comparado con los exuberantes miembros que la colman de placer, se sentirá muy pequeño en todo su ser y , o bien saludará con profundo respeto y sumisión a los invitados de turno, o bien hará como que no ve nada y se dirigirá a la cocina a prepararse un café, o se quedará escuchando u observando por la mirilla de la puerta, en silencio, mientras sus manos se ocupan en materias de auto placer.
En la literatura existen muchísimos ejemplos de cornudos, la mayoría de las veces tratados de forma jocosa, y es que no hay para menos.
Esta es una primera entrada dedicada al cornudo en la literatura. El cornudo es un ser complejo, admirador de su esposa, fiel hasta la médula, obsesivo con su sumisión. Es muy posible que un cornudo aparezca muy diferente en su vida laboral. Muchos son los cornudos que son agresivos en su trabajo, e incluso pueden mostrarse déspotas con sus co-trabajadores. Pero miradlo cuando se cruza con vosotros por la calle, acompañando a su flamante mujer: será un hombre invisible, la sombra de una mujer llena de vida, entusiasmo, y sobretodo, muchas ganas de hacerle ver que siempre es apetecible.
Cuando ambos acuerdan este juego, es muy posible que el hombre cornudo incite previamente a su mujer a que se preste a esta clase de juegos. Sólo entonces le resta saber si ella es la mujer de su vida. Porque si se niega, dicho hombre será un “pro” cornudo, no satisfecho, y entonces vivirá una vida de matrimonio completamente frustrada.
CORNUDO Y CONTENTO.
PASO.
OBRAS DE D. LEANDRO FERNANDEZ DE MORATIN,
DADAS A ALUZ POR LA REAL ACADEMIA DE LA HISTORIA
TOMO 1.
ORIGENES DEL TEATRO ESPAÑOL
PARTE SEGUNDA
MADRID 1830
Otro libro que nos muestra a los cornudos es el Refranero General, ideológico español.
Su autor es Luis Martínez Kleiser. Fué publicado en 1953 por la Real Academia Española
En su apartado titulado “Adulterio”, nos dice:
1.158: Hombre narigudo, pocas veces cornudo.
4.305. Adelante, hijuela, y llámale cornudo.
Dichos refranes ya no están en uso, pero sería interesante que volviesen a estar en boga.
Tenemos también la obra titulada “REFRANES Ó PROVERBIOS DEL COMENDADOR HERNAN NUÑEZ” en la cual se incluye lo siguiente :
pág 288
Marido cornudo soes, mejor es que hinchar odres. Por eso es uno cornudo, porque pueden mas dos que uno. Quien es cornudo y lo consiente, que sea cornudo para siempre. Quien es cornudo, y calla, en el corazón trae un asqua. Sobre cuernos, penitencia. Váyase mocha por cornuda.
Zelos, ó zeloso.
El zeloso, se suyo ses cornudo.
Dicho libro fué escrito por Por Hernán Núñez, Luis de León, Luis de Escobar
Publicado en 1804.
(Vosotros, queridos cornudos, ¿qué pensáis de tales proverbios?)
Un libro interesantísimo y recomendado es el escrito por nuestro querido Camilo José Cela.
En él se da paso a describir los “diferentes tipos de cornudos”.
Dice Cela, por ejemplo:
Cornudo acaponado. Cornudo figurín de voz atiplada. Es especie algo tartaja, que frecuenta el trato de las señoritas de conjunto.
Cornudo a lo tripa de Jorge. O cornudo que estira y encoge. El de reacciones insospechadas y que fluctúan según sople el cuadrante.
Cornudo alborotador. Es que se desahoga con el escándalo que, sin pasar jamás a mayores, aboca en el armisticio que no le absuelve del cuerno pero sí de la ira.
Dicho libro fué publicado en 1976. Por lo visto, a Cela le interesaba mostrar que el cornudo es un tipo de persona con diferentes matices. Será un tema a tratar en próximos posts.
Existe un libro de en latín, que da la acepción que caracteriza a un cornudo.
Dicha obra también puede descargarse para todos aquellos cornudos (y esposas de cornudos) a los que le interese indagar en la cultura de forma docta.
Otra obra, interesante y divertida es El Estupendo Cornudo (Le cocu magnifique)
Se trata de una obra de teatro, llevada al público con gran éxito y que fué llevada al cine italiano.
Fue estrenada en Madrid el 14 de enero de 1933 en el Teatro Cervantes por la Compañía dramática de Arte Moderno. Los decorados fueron de Salvador Bartolozzi. Su autor es Fernand Crommelynck.
La obra está traducida por Augusto d’Halmar, Antonio Espina.
Publicado en 1925
Por último, mencionaré las Obras satíricas y festivas.
En ellas se cita la Carta de un cornudo a otro
Su autor fué Francisco de Quevedo
Publicado en 1939
Librería Perlado
Hasta Otra
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Sebastian
Publicado por La Esposa del Gobernador en Septiembre 21, 2008
Publicado en Fotografía | Etiquetado: Belleza Masculina | Deja un Comentario »
Protegido: Comentario
Publicado por La Esposa del Gobernador en Septiembre 17, 2008
Publicado en Relato de Ficción | Etiquetado: Cornudo, cupletista, Dominación, España, payaso, Sumisión, teatro | Escribe la contraseña para ver los comentarios.
SUMISOS, ESCLAVOS, CORNUDOS…. Y Los Limitados
Publicado por La Esposa del Gobernador en Septiembre 16, 2008
Es cierto que no todas las Mujeres Dominantes tienen el mismo concepto de lo que signfica Dominación, Castigo, Recompensa, Sadismo, Entrenamiento,etc hacia sus sumisos, esclavos, cornudos…
Lo mismo ocurre con ellos. Sus límites, sus preferencias, la forma en que muestran cómo se desenvuelven o como se desenvolverían en cada situación o en cada caso, definen el carácter de sus almas, la calidad de sus espíritus, el valor de sus mentes.
Como en mi caso me considero una persona de espíritu refinado, tengo serias decepciones en cuanto a los sumisos perros y cornudos que aparecen ante mí. Al principio “parecen” cubrir mis necesidades, expectativas o fantasías. Sin embargo, poco a poco voy calando el síndrome que yo llamo “de causa y efecto”, es decir, que no llevan inherente esa actitud pasiva y sumisa sino que ello se debe a “curiosidad”, a “forma de saldar antiguas deudas ligadas a problemas emocionales en relaciones anteriores”, y lo que ya es grave para mí, a “bajeza de espíritu o a cómo conciben lo que en realidad debería ser comprendido el concepto de “mujer infiel”.
Quienes siguen mis escritos sabrán que se trata, en mi opinión, de algo más que sexo. Se trata ante todo de una forma de enfocar una necesidad, una fantasía. Pero no se trata, en mi caso NUNCA SE TRATARÁ de mostrarme como un objeto, alguien que ellos disfrutan viendo bajarse de su pedestal para convertirse en lo que ellos al fin y al cabo desearían: una mujer digna de ser llamada “la dadora del mal al hermoso e inocente Adán.” Por ello, las decepciones son grandes y muchas veces tristes durante algunos minutos.
Nunca cejaré en mi empeño por seguir siendo fiel a mis principios, sentimientos y forma de comprender DOMINACIÓN, INFIDELIDAD. Conceptos que abarcan mucho más que la simple mujer objeto en manos de todos o la simple castigadora sedienta de sangre.
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