Mi tío, quien era un general, había invitado a un grupo de militares para que visitasen su nueva residencia en el interior de la región. Estaba rodeada de bosques y había un río muy cerca en el cual yo ya tenía pensado bañarme muchas veces al alba y durante los anocheceres de verano. Yo me levanté aquella mañana sin saber nada de las visitas, y cuando oí murmullos, luego risas y más tarde incluso canciones patrióticas, creía que se trataba de algún disco especial que mi tío había puesto en su gramófono. Me puse una sencilla bata, me miré en el espejo y pude darme cuenta de que por algún motivo esa mañana irradiaba felicidad. Quizá fuese algo que había soñado y que enseguida olvidé. Salí de mi habitación y bajé las escaleras corriendo, sintiendo mi corazón palpitar. Yo creía que todo ello se debía a los efectos de la primavera y me dirigí al lugar de donde provenían los sonidos, cada vez más cercanos.
Me dí cuenta de que entre ellos no se distinguía ninguna voz femenina, así que imaginé que se trataba de algun discurso solemne acompañado de vítores. Sin darme cuenta de dónde me llevaban mis pies pasé de lado del salón en el cual se encontraba el gramófono sin darme cuenta, seguí hasta la cocina y ví que había mucha comida preparada y botellas de vino abiertas, algunas vacías ya, dejadas sobre la gran mesa de madera. Crucé la cocina y me dí cuenta de que los sonidos, las voces provenían del jardín, así que entonces comprendí que mi felicidad se debía a la de mi tío, quien seguramente estaba preparando un almuerzo junto con los criados bajo la pérgola, alrededor de las flores y cerca de la fuente. Salí precipitadamente de la puerta de la cocina llamando a mi tío a voces, con tanta energía que sentía arder mi rostro y súbitamente me vi frente a un grupo de militares, todos de pie, la mayoría de los cuales tenía en una mano un vaso de vino y en la otra un cigarrillo. Llevaban todos abrigos muy largos y sus diferentes gorras con su rango y clase cada una de ellas. Serían en total unos veinte hombres, todos ellos frente a mí, observándome y por lo visto bastante sorprendidos ante mi presencia. Sus ojos denotaban una sonrisa reprimida, y se concentraban en mi rostro y luego en mi vestido para luego volver a mi rostro y de nuevo a mi vestido, sin una palabra, con sus manos congeladas allí, con el vino esperando a ser de nuevo llevado a aquellos labios ribeteados por finos y bien delineados bigotes, elegantes en su mayoría. Yo bajé la mirada y me dí cuenta de la causa de todo aquel estupor. En mis prisas por saber qué ocurría había olvidado abrocharme el camisón y lo que sobresalía de aquella bata los había casi hipnotizado.
Frente a aquellos hombres, que aunque militares, no dejaban de ser hombres con sus temores y sus inseguridades personales, me sentí desafiante. Era como una prueba de fuerza la que tenía que demostrar. Esconderme hubiera significado tener que escuchar más risas y luego el recordar aquel momento cada vez que los viese de nuevo, en un concierto, en una fiesta….
Busqué el rostro de mi tío por entre aquellas caras desconocidas. No lo percibía por ningún lugar. Aquello me dió la oportunidad de darme cuenta de que entre todos aquellos hombres había uno que me resultaba particularmente irresistible. Llevaba una boina de militar, un abrigo larguísimo, más claro que los demás, y sus piernas estaban separadas una de la otra. Se encontraba aquel hombre en posición de autoridad y me observaba en silencio, mientras yo dejaba que lo hiciese mientras a mi vez lo observaba a él. A pesar de la presencia de los demás, mis ojos estaban posados en aquel hombre que, a diferencia de los demás, cuyos rostros denotaban verguenza ajena o deseos de poseerme, este otro hombre me miraba disfrutando con mi falta de acción, encontrando mi postura interesante, comenzando a fascinarse por mi resolución de no hacer nada en absoluto a pesar de estar casi desnuda ante todos ellos.
Su mirada se convirtió en un reto y yo permanecía en silencio, así, sólo para él. Se llevó la mano en la que tenía el vaso de vino junto a la otra y asió el vaso y el cigarrilo mientras que la otra mano se la llevó a un bolsillo, como para estar más relajado y ver cual sería mi paso siguiente.
Me sentí excitada ante aquel hombre que sin palabras me decía “no puedes aguantar más, vas a entrar en la casa, seguro que lo vas a hacer” y yo desafiante lo observaba a mi vez, diciendole con la mirada “eso ni lo sueñes, amor mío”
Finalmente sentí que estábamos solos él y yo, en un jardín una mañana de primavera. Y así pasó más de un minuto, hasta que la voz de mi tío, viniendo de dentro de la casa rompió todo aquel encanto. El sonrió y yo caminé hacia atrás, sin mirar, hasta darme la vuelta y perderme de su vista, por la parte trasera de la casa. Oí a mi tío preguntar a qué se debía todo aquel silencio, pero nadie le contestó la verdad. “Es que falta más vino, Señor”, oí decir.
Fuí corriendo a mi habitación y me miré en el espejo. Aquellos hombres habían estado viendo mis senos todo el tiempo y ni uno de ellos me había dicho que fuese adentro de la casa.
Me quedé ruborizada, recordando al militar con el que había intercambiado tantas miradas e imaginé qué hubiese ocurrido si en lugar de haber todos aquellos hombres hubiésemos estado él y yo solos.
Me vestí e hice llamar a mi tío. Le expliqué que no bajaría a conocer a sus amigos porque tenía dolor de cabeza. Mi tío se preocupó bastante pero le dije que eran cosas de mujeres. Así que una vez comprendida la causa de mi jaqueca bajó y estuvo un rato más con todos ellos pero sin hablar en voz alta, para no molestar a su querida sobrina, la que estudia en París y que está hecha toda una señorita, que es tímida, como debe ser, y decorosa, como bien la educaron las monjas.
Aquella tarde mi tío llamó a la puerta de mi habitación y me entregó un dibujo muy bonito de un cisne sobre un lago, que uno de los militares había dibujado para mí.
Bajo el dibujo estaba escrito con una caligrafía fina y elegante: “Un cisne para otro cisne.”
Jean Sebastien Malraux.
Qué detalle, comenté a mi tío, y me sentí completamente confusa y avergonzada, recordando lo que había ocurrido por la mañana. Me pregunté quién podría, despues de ver lo que había visto, tratarme de “cisne” , de algo tan puro y tan inocente.
¿Quién te lo ha dado, tío?
Está escrito bajo el dibujo, dijo mi tío un poco enfadado.
Y, por qué me lo ha dado a mí?
Y yo qué sé! se enfureció mi tío. Ni siquiera te conoce y ya te está rondando. Esos militares son la caraba. No te cases nunca con un militar como yo. No tenemos remedio!
No me hizo falta saber quién era aquel admirador. Despues de tres días se presentó de nuevo y besando mi mano dijo a mi tío:
Nunca antes había visto nada igual, Señor. Es un cisne.
Y mientras mi tío miraba por la ventana, el tal admirador acercó más sus labios a mi brazo y clavando sus dientes con afecto y deseo, me dejó una marca de dolor y placer que me conmovió.



