La Esposa del Gobernador

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Ante los militares

Publicado por La Esposa del Gobernador en Octubre 23, 2008

Mi tío, quien era un general, había invitado a un grupo de militares para que visitasen su nueva residencia en el interior de la región. Estaba rodeada de bosques y había un río muy cerca en el cual yo ya tenía pensado bañarme muchas veces al alba y durante los anocheceres de verano. Yo me levanté aquella mañana sin saber nada de las visitas, y cuando oí murmullos, luego risas y más tarde incluso canciones patrióticas, creía que se trataba de algún disco especial que mi tío había puesto en su gramófono. Me puse una sencilla bata, me miré en el espejo y pude darme cuenta de que por algún motivo esa mañana irradiaba felicidad. Quizá fuese algo que había soñado y que enseguida olvidé. Salí de mi habitación y bajé las escaleras corriendo, sintiendo mi corazón palpitar. Yo creía que todo ello se debía a los efectos de la primavera y me dirigí al lugar de donde provenían los sonidos, cada vez más cercanos.
Me dí cuenta de que entre ellos no se distinguía ninguna voz femenina, así que imaginé que se trataba de algun discurso solemne acompañado de vítores. Sin darme cuenta de dónde me llevaban mis pies pasé de lado del salón en el cual se encontraba el gramófono sin darme cuenta, seguí hasta la cocina y ví que había mucha comida preparada y botellas de vino abiertas, algunas vacías ya, dejadas sobre la gran mesa de madera. Crucé la cocina y me dí cuenta de que los sonidos, las voces provenían del jardín, así que entonces comprendí que mi felicidad se debía a la de mi tío, quien seguramente estaba preparando un almuerzo junto con los criados bajo la pérgola, alrededor de las flores y cerca de la fuente. Salí precipitadamente de la puerta de la cocina llamando a mi tío a voces, con tanta energía que sentía arder mi rostro y súbitamente me vi frente a un grupo de militares, todos de pie, la mayoría de los cuales tenía en una mano un vaso de vino y en la otra un cigarrillo. Llevaban todos abrigos muy largos y sus diferentes gorras con su rango y clase cada una de ellas. Serían en total unos veinte hombres, todos ellos frente a mí, observándome y por lo visto bastante sorprendidos ante mi presencia. Sus ojos denotaban una sonrisa reprimida, y se concentraban en mi rostro y luego en mi vestido para luego volver a mi rostro y de nuevo a mi vestido, sin una palabra, con sus manos congeladas allí, con el vino esperando a ser de nuevo llevado a aquellos labios ribeteados por finos y bien delineados bigotes, elegantes en su mayoría. Yo bajé la mirada y me dí cuenta de la causa de todo aquel estupor. En mis prisas por saber qué ocurría había olvidado abrocharme el camisón y lo que sobresalía de aquella bata los había casi hipnotizado.
Frente a aquellos hombres, que aunque militares, no dejaban de ser hombres con sus temores y sus inseguridades personales, me sentí desafiante. Era como una prueba de fuerza la que tenía que demostrar. Esconderme hubiera significado tener que escuchar más risas y luego el recordar aquel momento cada vez que los viese de nuevo, en un concierto, en una fiesta….

Busqué el rostro de mi tío por entre aquellas caras desconocidas. No lo percibía por ningún lugar. Aquello me dió la oportunidad de darme cuenta de que entre todos aquellos hombres había uno que me resultaba particularmente irresistible. Llevaba una boina de militar, un abrigo larguísimo, más claro que los demás, y sus piernas estaban separadas una de la otra. Se encontraba aquel hombre en posición de autoridad y me observaba en silencio, mientras yo dejaba que lo hiciese mientras a mi vez lo observaba a él. A pesar de la presencia de los demás, mis ojos estaban posados en aquel hombre que, a diferencia de los demás, cuyos rostros denotaban verguenza ajena o deseos de poseerme, este otro hombre me miraba disfrutando con mi falta de acción, encontrando mi postura interesante, comenzando a fascinarse por mi resolución de no hacer nada en absoluto a pesar de estar casi desnuda ante todos ellos.
Su mirada se convirtió en un reto y yo permanecía en silencio, así, sólo para él. Se llevó la mano en la que tenía el vaso de vino junto a la otra y asió el vaso y el cigarrilo mientras que la otra mano se la llevó a un bolsillo, como para estar más relajado y ver cual sería mi paso siguiente.
Me sentí excitada ante aquel hombre que sin palabras me decía “no puedes aguantar más, vas a entrar en la casa, seguro que lo vas a hacer” y yo desafiante lo observaba a mi vez, diciendole con la mirada “eso ni lo sueñes, amor mío”

Finalmente sentí que estábamos solos él y yo, en un jardín una mañana de primavera. Y así pasó más de un minuto, hasta que la voz de mi tío, viniendo de dentro de la casa rompió todo aquel encanto. El sonrió y yo caminé hacia atrás, sin mirar, hasta darme la vuelta y perderme de su vista, por la parte trasera de la casa. Oí a mi tío preguntar a qué se debía todo aquel silencio, pero nadie le contestó la verdad. “Es que falta más vino, Señor”, oí decir.
Fuí corriendo a mi habitación y me miré en el espejo. Aquellos hombres habían estado viendo mis senos todo el tiempo y ni uno de ellos me había dicho que fuese adentro de la casa.
Me quedé ruborizada, recordando al militar con el que había intercambiado tantas miradas e imaginé qué hubiese ocurrido si en lugar de haber todos aquellos hombres hubiésemos estado él y yo solos.
Me vestí e hice llamar a mi tío. Le expliqué que no bajaría a conocer a sus amigos porque tenía dolor de cabeza. Mi tío se preocupó bastante pero le dije que eran cosas de mujeres. Así que una vez comprendida la causa de mi jaqueca bajó y estuvo un rato más con todos ellos pero sin hablar en voz alta, para no molestar a su querida sobrina, la que estudia en París y que está hecha toda una señorita, que es tímida, como debe ser, y decorosa, como bien la educaron las monjas.

Aquella tarde mi tío llamó a la puerta de mi habitación y me entregó un dibujo muy bonito de un cisne sobre un lago, que uno de los militares había dibujado para mí.
Bajo el dibujo estaba escrito con una caligrafía fina y elegante: “Un cisne para otro cisne.”
Jean Sebastien Malraux.

Qué detalle, comenté a mi tío, y me sentí completamente confusa y avergonzada, recordando lo que había ocurrido por la mañana. Me pregunté quién podría, despues de ver lo que había visto, tratarme de “cisne” , de algo tan puro y tan inocente.

¿Quién te lo ha dado, tío?

Está escrito bajo el dibujo, dijo mi tío un poco enfadado.

Y, por qué me lo ha dado a mí?

Y yo qué sé! se enfureció mi tío. Ni siquiera te conoce y ya te está rondando. Esos militares son la caraba. No te cases nunca con un militar como yo. No tenemos remedio!

No me hizo falta saber quién era aquel admirador. Despues de tres días se presentó de nuevo y besando mi mano dijo a mi tío:

Nunca antes había visto nada igual, Señor. Es un cisne.
Y mientras mi tío miraba por la ventana, el tal admirador acercó más sus labios a mi brazo y clavando sus dientes con afecto y deseo, me dejó una marca de dolor y placer que me conmovió.

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Mi Profesor de Piano

Publicado por La Esposa del Gobernador en Septiembre 30, 2008

Mi profesor particular de piano tenía una paciencia infinita para conmigo. La tarde que llegó parecía airado por alguna secreta causa, como si algo o alguien le hubiese hecho perder los nervios poco antes de salir rumbo a nuestra casa, o como si, dándose cuenta de lo tarde que era, hubiese saltado de tranvía en tranvía hasta llegar.
Yo llevaba entonces los cabellos lacios y un lazo blanco muy grande. También llevaba un vestido blanco con ribetes oscuros y zapatos claros que armonizaban, no ya con el vestido y el lazo, sinó con los tonos pastel y oscuro de la casa. Era algo así como un diseño de familia, sin querer hacer con ello burla, pero por aquel entonces los señores de las casas dedicaban a la “armonía” gran parte de sus fines de semana. Las columnas, las paredes y los muebles eran halagados por las visitas y ciertos artistas de paso por la ciudad venían a visitar nuestro salón de estar, decorado por un ilustre artista catalán.
Mi profesor de música se daba cuenta de la vena artística que yo poseía para la poesía hecha sonido y para la escultura, sin embargo a él no le hacía ninguna gracia que en medio de la clase apareciese un criado para advertirme que mi profesor de escultura ya había llegado, y que estaba disponiendo el torno para nuestras labores de cerámica.
Era entonces cuando mi profesor de música se ponía de la misma manera que la primera vez que lo conocí: su rostro se tornaba lívido primero, escondiendo un enfado terrible; acto seguido sus labios se tornaban casi en una línea fina y delgada, mientras que sus ojos se me aparecían a medio cerrar. En cuanto el criado abría la puerta yo ya me daba la vuelta para observar su rostro y seguir el curso de aquella serie de reprimidos enfados que salían por sus silencios. Aquello me divertía mucho. Entonces yo hacía como que el criado me había quebrado completamente en el ritmo de la melodía que estaba tocando, y dejaba mis manos de golpe sobre el teclado. Eso enfurecía más a mi profesor. En realidad no era yo quien le molestaba. Lo enfurecía más el hecho de darse cuenta de que su alumna también estaba contrariada. Pero yo no lo estaba ni un ápice.
Entonces sus manos se acercaban a las mías, cubriéndolas con mucha ternura y me decía en tono grave: “No te preocupes, niña. A ver si la próxima vez no nos asusta tanto este señor criado tuyo.”
Yo entonces intentaba mover mis manos bajo las suyas, mostrando nerviosismo y él las calmaba de nuevo y poco a poco aquel gesto se convertía en una caricia, en cierto modo fuerte y varonil. Y por ello, a partir de entonces, el criado siempre abría la puerta de improviso en las tardes de clase de piano.
Por supuesto: a petición secreta mía.

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El Mentor

Publicado por La Esposa del Gobernador en Septiembre 27, 2008

El era su mentor. Venía cada semana para cerciorarse que no le faltase nada. Tomaba en sus manos los libros que ella había dejado desperdigados sobre la mesa junto al gran ventanal. Miraba por encima las notas escritas a mano, en los márgenes de los textos. Repasaba las direcciones de los remitentes que, con caligrafías de los más diversos estilos, aparecían en sobres grandes y pequeños, abiertos y sin abrir, azules, con y sin lazos, unos todavía lacrados y otros medio rotos por el afán que ella tomaba en abrirlos, sin esperar a encontrar dónde había dejado el olvidado cortaplumas.
Después de esto se acercaba al armario donde dos puertas de cristal protegían más libros y cuadernos, cajas llenas de recuerdos, pequeñas estatuas que había ido comprándole cada vez que visitaban una ciudad diferente. Sobre las paredes ya no estaban las litografías prerafaelitas. En su lugar se percibía la desnudez pálida que a ella tanto le ayudaba a concentrarse para estudiar. Sobre la silla había un libro de Pirandello. Lo tomó y recordó habérselo comprado durante su último viaje a Florencia. Tantas cosas recordaba de este y de otros tantos viajes en los que su único deseo era complacerla y hacerle vivir una vida mejor, después de haberla encontrado en los suburbios de París sin apenas abrigo un veinticuatro de Diciembre, cuando se dirigía a su residencia tras haber visitado a un niño enfermo.
La vió sentada en una esquina, tiritando de frío. Y el hecho de ver su rostro entumecido por la inclemente noche invernal le infundió tales deseos de brindarle su ayuda que, sin pensárselo dos veces, le ofreció comida y cama hasta el día en que -según sus propias palabras- sus ojos volvieran a sonreir.
Mucho tiempo había pasado después de aquel inesperado encuentro. Se convirtió en su mentor. No quería que volviera a aquella casa que a veces visitaba de lejos, con personas que ni tan siquiera eran sus padres y que la hacían mendigar, junto con otros niños. Quería que se convirtiera en alguien fructífero, en alguien preparado, en una persona digna de sí misma.
Se la llevó a cuantos países tuvo que visitar por motivos de trabajo. Conferencias, seminarios, encuentros entre científicos. Se la llevaba siempre consigo, y así se convirtió sin darse cuenta en un padre, en un mentor, amigo y, al tiempo que pasaban los años, en enamorado también.
Ella, por su parte, se dedicaba a sus estudios con mucha fruición. Demostró su agradecimiento ante tanta dedicación y apoyo con lo mejor que pudo ofrecer de sí misma. No se saltaba ninguna clase, a menos que tuviese que viajar, y los fines de semana se quedaba en casa, leyéndole a él obras clásicas, acompañándole a sus reuniones los jueves a las siete, jugando al ajedrez los domingos por la tarde, yendo al cine con él los sábados, si llovía.
Le recitaba versos en latín y en griego, mientras él la escuchaba, sentado en su sofá, con su pipa y el periódico en sus manos, que apenas miraba cada vez que ella, con su voz intensa, le enfervorizaba llegando a hacerle sentir una pasión viva, que no podía llegar a controlar. Entonces él se convertía en un niño feliz, entusiasmado, y la miraba con ojos de admiración sin límites.
Aquella tarde, como tantas tardes, María le abrió la puerta. Ella estaba ausente. Eso ocurría muy a menudo últimente. Se preguntaba si estaría todavía en la facultad. O si se encontraba en aquel mismo momento en los brazos de un estudiante de aquellos que le enviaban cartas lacradas o sin lacrar…
Muy a su pesar, no podía evitar sentir una espina en el corazón cada vez que entraba en aquel estudio y lo veía vacío. Surgían en él cien dudas, se veía a sí mismo como uno más de aquellos estudiantes, un estudiante celoso que nunca antes había estado enamorado.
En realidad él nunca antes lo estuvo. Pero eso tardó en reconocerlo.
En un rincón de la mesa había una carta doblada y, sin pensárselo, la tomó entre sus dedos que, muy a su pesar, temblaban, lo que le dió deseos de burlarse de sí mismo.
Apenas terminó de leerla sintió que le hervía la sangre, que se le subía a la cabeza y le bajaba al corazón, alternadamente. Se fué directo al ventanal y lo abrió. Necesitaba respirar después de lo que acababa de leer.
No podía ser posible que su idolatrada niña tuviese deseos de irse un año por América. ¿Cómo podía ocurrírsele siquiera esa idea? Irse con Hervé Lesmoines. ¿Quién era Hervé Lesmoines? ¿Un estudiante? ¿Un profesor? La nota había sido escrita rápidamente, como si fuese simplemente un esbozo de una larga carta, bien pensada y madurada antes de ser enviada.
Repiró fuertemente. Estaba furioso. No sentía que ella era una desagradecida al ignorar todos los años que él le había dedicado. Sentía que era una desagradecida por dejarle, por separarse de él, por dejarlo a un lado para irse con otro. Se daba cuenta, cuanto más pensaba, que más se enfurecía, y que más le dolía ver claramente lo que representaba ella para él. Ya no podía ocultárselo más a sí mismo. La amaba con todas sus fuerzas, con todo su corazón. Amaba a aquella mujer a quien una vez encontró en la calle tiritando de frío cuando tan sólo era una niña.
Se oyó una voz. Era María. Oyó después la voz de ella, y luego un bisbiseo que le puso nervioso. Aguardó a que ella entrase, la esperó con toda la serenidad que le fué posible.
Y luego ella abrió la puerta y entró.
Al verle esbozó cierta sonrisa que a él le pareció fuera de lugar, de acuerdo a lo que acababa de leer en aquel pedazo de papel.
No te esperaba. Dijiste que vendrías mañana. Y acto seguido miró rápidamente al lugar donde estaba la nota. Y luego lo miró a él de nuevo. El se acercó y la ayudó a desprenderse de su abrigo. Al notarla tan cerca percibió los efluvios de un aroma de rosas mezclado con cientos de otros aromas, aromas de la calle, del café, de lugares por donde ella había estado. Mientras tomaba su abrigo respiró el vapor de sus cabellos y sintió que su alma enardecía, que su corazón latía con más fuerza, que su voz interior tenía más y más deseos de hablar, gritar a voces la verdad que siempre silenciaba.
¿Has estado en un café?
Si. ¿Cómo lo sabes?, preguntó con sorpresa, esbozando otra de sus sonrisas.
Tus cabellos. Huelen a café y a rosas.
Ah. Sí, estuve en un café.
Silencio.
¿Te gustaría ir de vacaciones después de los exámenes de la semana que viene? Podríamos ir a donde tu quisieras. Puedo disponer de dos semanas libres. A donde tu quieras.
Pues…me gustaría, si. Me gustaría mucho. Pero tengo que pensarlo.
Y eso, ¿por qué? ¿Preferirías quedarte aquí?
No, no es eso.
¿Entonces…? ¿Qué ocurre, mi niña?
Se acercó a ella y le miró los ojos. Ella los bajó.
Me gustaría irme un tiempo. Pero sola.
¿Sola? ¿Adónde, y … por qué sola? ¿Es que ya no soy un buen acompañante? Me estoy haciendo viejo, lo sé. Pero aún así creo que no te aburres conmigo. Si es así, dímelo, por favor. No quiero que me ocultes esas cosas.
Bueno, sola no. En realidad me iría con un amigo. A América.
¿América? ¿Y quien es ese amigo? ¿Un estudiante?
No, es un pintor
Un estudiante pintor.
No. No estudia. Sólo pinta.
Sentía que cada segundo le sería más difícil hacerle preguntas. Notaba que cada vez tenía menos aliento para preguntar, que en cualquier momento se le quebraría la voz, y quien sabe si hasta le saltarían lágrimas sin poderlo evitar.
Por eso, optó por callar. Se quedó en silencio. Y ella se le acercó.
Sólo serían unos meses. Te lo prometo.
Unos meses…. Eso puede ser un año. Dos años son veinticuatro meses. Unos meses… en fin, no puedo impedírtelo pero sí puedo rogarte que no vayas. No podría resistirlo.
Y… ¿por qué no? Al fin y al cabo todas las estudiantes que conozco van a algún lugar, y yo quiero ir a América.
Pero…
Se acercó más aún a ella. Sabía que más tarde o más temprano acabaría diciéndole algo de lo que se podría arrepentir. No quería que ella supiera que sus sentimientos se habían transformado, sobretodo últimamente. No quería. No lo podía permitir.
Ella miraba a través de la ventana. Así permanecieron en silencio unos segundos que parecían horas para ambos. Al final ella se acercó y le espetó:
¡Es que tú siempre quieres que yo sea tu niña, eso es imposible, ya es imposible¡
La miró, y se dió cuenta de cuánta razón tenía. Se había hecho una mujer hermosísima. Tan hermosa que cuando paseaban le daban deseos de estrecharla en sus brazos, pedirle perdón y acto seguido sellar sus labios con los suyos para luego desaparecer para siempre. Tenía deseos de ir a verla cada mañana y llevarle el desayuno, vestirla, perfumarla, como un esclavo a una diosa. Sentía deseos de enfrentarse con las miradas que la cruzaban cuando iban y venían de sus tardes en el teatro, el cine, el círculo de amigos científicos. Le daban ganas de bajarse repentinamente a sus pies, en medio de la calle, y besarlos, aquellos pies que con dulzura él había cuidado desde el principio. Le mortificaban los hombres que le decían piropos a ella, cuando pensaban que ambos se desconocían mutuamente y que simplemente miraban a la vez una vitrina en la calle, como por casualidad. Pero se sentía lleno de placer cuando la tomaba por el brazo y los transeúntes creían que estaban casados. El con una joven hermosa y apasionada, ella con un hombre elegante entrado en años. Así les trataban en los restaurantes, en las cafeterías, en los salones de té. Los camareros pensaban que la diferencia de edad se debía a una simple casualidad. Otros miraban con insistencia a la joven y se preguntaban cuánto dinero tendría él en el banco. Así eran las opiniones que se reflejaban en los ojos de hombres y mujeres…
Ella le cortó de tales pensamientos al decir:
¿No me contestas? Soy tu niña todavía, ¿verdad?
Entonces él, súbitamente, dejandose llevar por lo que sentía y que no podía ocultar ya más la tomó en sus brazos con fuerza y le dijo:
Eras mi niña. Si, es cierto. Ahora eres también mi amor.
Y bajó la mirada avergonzado.
Ella respiró hondo y exhaló un suspiro de triunfo, como si al fin se hubiese cumplido un deseo que desde hacía mucho había estado anhelando, como si hubiese estado esperando noches enteras hasta poder ver una sola estrella, nada más que una, en una cielo cubierto eternamente de nubes opacas, densas, sin moverse durante mucho tiempo.
Exhaló y se lo quedó mirando, le miraba los ojos y luego los labios, y otra vez los ojos y los labios, alternativamente. El hacía lo mismo, sin pensar, absorbido en aquel momento eterno, donde uno se da cuenta de una verdad que antes desconocía, un descubrimiento que presentía y que, al verlo realidad, se queda hipnotizado, sintiendo que la vida da vueltas en sentido contrario a las agujas de un reloj.
Se acerco más a ella, rodeó su cabeza con su mano derecha, la acercó más y más hasta que la besó apasionadamente, con fuerza, con una fuerza repentina, que no cesaba.
Ella cerró los ojos. Era completamente feliz, sintiendo aquellos labios que la besaban y que habían finalmente sucumbido al efecto de los celos. Pensó en la nota. Pensó en las noches que había pasado en vela pensando. Pensando en cómo hacerle reaccionar, en cómo hacerle tomar una decisión. Pensó en redactar una nota. Estuvo pensando dos noches qué nombre escribrir. Finalmente le pareció que Hervé sería apropiado. Suena dulce pero también serio, pensó.
Y la nota surtió el efecto esperado.
Pues ella, tal y como a él le había sucedido, no sabía como hacérselo saber. No sabía cómo decirle que en su corazón hacía ya mucho tiempo que había dejado de llamarle padre y que de noche besaba la almohada llamándole en un grito silencioso, ahogado por lágrimas de mujer enamorada.
Ahora se encuentran en América, pasando su tercera luna de miel.
Creo que hoy deben estar en Río, aunque quizás todavía no hayan salido de Baltimore.
Yo creo que no deberían perderse una visita a Yucatán….

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Publicado por La Esposa del Gobernador en Septiembre 25, 2008

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Publicado por La Esposa del Gobernador en Septiembre 17, 2008

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A la Ciudad

Publicado por La Esposa del Gobernador en Septiembre 1, 2008

Aquella mañana Alejandro se levantó temprano y se dispuso a ir a la ciudad acompañado de su fiel y viejo lacayo Juan. Ella había mandado hacer dos baúles con ropas de las cuales hacía tiempo se quería desprender. Las mandó a una inclusa en la ciudad, un lugar lúgubre que había visitado en dos ocasiones para ver a los niños sin padres y ofrecer regalos en forma de cheques a las monjas que administraban el lugar. Su marido siempre la acompañaba, cuidando de que el vestido claro y diáfano de ella, ribetado de orlas y sedas no se ensuciase en el pavimento del lugar. Después, al irse ambos, se instalaban en un café y la oía quejarse de la tristeza que la embargaba cada vez que iba al lugar.

No sé cómo pueden vivir así, solía rezongar, estas monjitas son unas santas, realmente, querido, están realizando una hermosa labor.
Después daba un mordisco elegante a su pastelillo de crema y tomaba su café con deliciosa leche mientras sus labios sonrosados y plenos se mojaban con la tibieza del dulce líquido. Sus ojos miraban por la ventana, se perdían a lo lejos y su marido entonces la obervaba con un deleite desmesurado, que incluso le hacía sonrojarse él mismo.

Por eso, aquella mañana temprana se dispuso a hacer realidad el deseo de su esposa amada, y mientras, al marchar, el lacayo daba órdenes a los muchachos de las caballerizas, el esposo dligente observaba a uno de ellos, un joven apuesto de cabellos negros y abundantes, con ropas toscas y a medio abrochar que accedía con su gorra en la mano y asintiendo con sonrisa varonil a llevar a la dama a dar un paseo a caballo por las tierras una vez despertase del letargo de su sueño.

Será un día tranquilo para ella, pensaba el marido en silencio mientras observaba al joven. Será también un día feliz y quizás se deje llevar por su propio deseo de agradar. Espero llegar pronto.

Pero él sabía para sus adentros que que no había remedio. Que ella escogía al personal por sus propios y secretos motivos. Que sólo le quedaba rezar por verla feliz pero sola al volver.

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NOCHES

Publicado por La Esposa del Gobernador en Agosto 29, 2008

noches

Aunque la vida le sonreía tanto en el aspecto amoroso como en el material, la dueña de la mansión cercana al Bois de Boulogne tenía siempre deseos de salir y festejar con sus amigos, conocer nuevas personas (sobretodo nuevos admiradores) mientras su marido hablaba de política con algunos conocidos. Algunas veces las fiestas se prolongaban hasta altas horas de la madrugada y se transformaban en sorpresivos actos sin decoro, mientras la música sonaba sin cesar y los valses sucumbían a las destrezas de las damas amazonas allí presentes. Entonces, aquellos hombres que durante toda la semana se habían dado a discursos intensos en la cámara de los diputados, con sus voces dictatoriales y apasionadas, sucumbían a los encantos de las damas presentes y languidecían de placer bajo sus piernas montadas sobre sus espaldas. Ella se sentía libre y dichosa, y no cabía en sí de gozo. Escogía al azar uno de los suplicantes tenientes, políticos, actores y músicos de paso por la gran ciudad, y pedía a su marido que le sirviese otra copa de champán.
En la foto, a la izquierda, la dama y el esposo en cuestión.
Bajo ella, el alcalde de la ciudad, diligente amante silencioso y acérrimo manipulador de masas.

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Monsieur Jules

Publicado por La Esposa del Gobernador en Agosto 26, 2008

Cuando aparecía temprano por la mañana para saber cómo estaba siempre le encontraba ocupado cons sus papeles pero siempre dispuesto a darle un beso, a darle los buenos días y a preparle un café con croissant que él mismo iba a comprar a la pastelería de la esquina.
Entonces desayunaban juntos, sin hablar, mientras él le acariciaba los cabellos suavemente diciéndole que, como siempre, había ido a verla durante la noche para cerciorarse de que dormía bien, de que nada turbaba su sueño, cerrando la ventana con cuidado y la lamparita que ella siempre se dejaba encendida. Entonces, como siempre, se acercaba a ella, observaba las sábanas blancas, el cuello blanco de su camisón y sus cabellos sueltos sobre la mullida almohada. Se acercaba más para notar su aliento y, mirando sus labios tiernos, los rozaba suavemente con los suyos, humediéndolos en su tierno y dulce beso de amor filial.

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Carta

Publicado por La Esposa del Gobernador en Agosto 20, 2008

Mi Estimada Emma:

Ya sé que esta carta te llega tarde, pues habíamos quedado que tan pronto llegase a Phuket te mandaría una larga carta explicándote con más detalle los beneficios de Bester Ltd para los próximos meses. Sin embargo decidí dejar todo esto a un lado, ya que por lo pronto a tí ni te va ni te viene este tema, y no sé por qué puñetas de repente te preocupas tanto por las finanzas (tus finanazas) si nunca te ha faltado de nada y nuestro administrador es de total confianza. Y digo total, aunque tú bien sabes que debería decir TOTAL (te ha conocido desde niña y te ha disfrutado en tu adolescencia – con tu consentimiento y deseo – ) y su único deseo es seguir en la empresa tan solo para cuidar de tus ingresos, beneficios, plusvalías etc. No debes temer nada respecto al tema más querido del diablo. ¿No me digas ahora que tu querido marido está en banca rota? Eso no me lo creo ni que me lo den por escrito y con su firma. No será que te estás convirtiendo en una avara consentida, ¿verdad? Tú, que desde el mismo día que naciste no has tenido ningún motivo para ser infeliz, que ya me ocupé personalmente de que NADIE te hiciese llorar en lo más mínimo. Desde que viniste al mundo todos tus días han sido días felices, nunca tristes y mucho menos aburridos. Ponte la cabeza en tu sitio, que el dinero sabes que nunca te va a faltar Y más bien comineza a decidirte cuándo tú y tu marido os vais de vacaciones a Africa. Generalmente os vais cada año antes del verano. Y eso debe de continuar así! Por mucho trabajo que tenga él, eso a mí no me concierne para nada! El firmó mi contrato antes de casarse contigo, su firma está en varias páginas, ya sabes que al menor descuido impondré una querella contra él por incumplimento de su deber para contigo. Y no me importa si “tan solo se trata de un deber incumplido ante el resto que son cumplidos”. Tú me conoces muy bien, y sabes que no toleraré el incumplimiento de cualquiera de las líneas del contrato. Eso lo digo en voz alta, y no quisiera enfadarme, así que en tu próxima carta dime CUANDO os vais de viaje. Para tu equibrio mental, emocional y físico ES NECESARIO que se cumplan estas cláusulas. Incumplirlas sería dejarte poco a poco en manos de la desidia, el temor, el hastío, y quizás hasta el odio. Eso, no debe ocurrir nunca. Cuando vengas de tu viajecito me muestras algunas fotografías (tomadas por él) para que vea yo si has disfrutado o no, si los tipos grandotes y bien dotados QUE TE MERECES te hacen gozar como deben. No me niegues el querer hacer de tí la más dichosa de las sobrinas de todo el mundo habido y por haber. Por cierto, dile que me llame al 3433355565xxx en cuanto recibáis esta carta. Estéis donde estéis, en Paris, o en Senegal o donde quiera que os encontréis. Y le voy a dar ciertos consejos para que nunca más me comentes lo que comentaste antes de irme de viaje. Tus cuentas, tus cuentas…. me dejaste helado querida mía. Me lo tomé a broma pero ahora estoy enfadado (no contigo, nunca contigo) sino con el pedazo de burro de tu marido, pues estoy seguro de que él tiene la culpa. El memo que te prepara tus lasagnas, ese mismo. Ya le puedes decir que me llame cuanto antes.

Y a tí, qué te puedo decir que no te haya dicho ya. Si desde que te tengo no deseo más que verte feliz. Cuando vuelva te traigo el anillo aquel que viste en el catálogo del aeropuerto. Será para tí, en realidad, ya está comprado. Pero me lo guardan y Fabián lo irá a buscar esta misma semana.

No te preocupes por nada. Tú nunca debes preocuparte. TE prohibo preocuparte. Vive y bebe la vida, señorita, para mí siempre serás una señorita, por muy casada que estés. La vida te hace libre, disfrútala, amor mío.

Tu tío,

Salvador R.

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